
Me recosté en la silla de madera y me desperecé. Me gusta el olor de la cocina. La comida, y el barro en nuestras botas de agua y, a veces, el intenso hedor de la cordita que sube del sótano me proporcionan una agradable y penetrante sensación de estremecimiento cuando pienso en sus olores. Cuando ha llovido y tenemos dentro la ropa mojada el olor es diferente. En invierno la enorme estufa negra despide un calor que trae aromas de maderas encontradas en la playa, o de turba, y todas las cosas despiden vaho y la lluvia tamborilea en los cristales. Entonces tienes una sensación agradable de recogimiento y te hace sentir a gusto, como si fueras un enorme gato con la cola enroscada alrededor. A veces me gustaría tener un gato. Lo más que he llegado a tener fue una cabeza, y las gaviotas se la llevaron.
Me fui al cuarto de baño, al final del pasillo que da a la cocina, para cagar. No necesitaba mear porque ya me pasé la mañana meando en los Postes, infectándolos con mi olor y mi energía.
Me senté allí y pensé en Eric, a quien le había pasado algo tan desagradable. Pobre tío retorcido. Me pregunté, como de costumbre, cómo lo habría podido soportar yo. Pero no me pasó a mí. Yo me quedé aquí y Eric fue el que se marchó y todo ocurrió en otro sitio, y eso es lo que hay. Yo soy yo y aquí es aquí.
Me quedé escuchando a ver si podía oír a mi padre. Quizá se había ido directamente a la cama. A veces se queda dormido en su despacho en lugar de irse a su gran dormitorio en la segunda planta, en donde también está el mío. Es posible que ese dormitorio guarde demasiados recuerdos desagradables (o agradables) para él. En todo caso, no pude oír ningún ronquido.
