Cela se estrena, pues, cambiando de género, y con La familia de Pascual Duarte obtiene el éxito de quien llega y besa el santo, avalado por la opinión de tan ilustre patriarca de la novelística española como era Pío Baroja, quien, por cierto, no había accedido a apadrinar la obra, desconcertado por su poética y revulsiva violencia: «No, mire, si usted quiere que lo lleven a la cárcel vaya solo, que para eso es joven. Yo no le prologo el libro».

En cuanto al papel de La familia de Pascual Duarte en el curso de la narrativa española contemporánea, la opinión de los historiadores de la literatura es coincidente. Marca la superación efectiva del hiato originado por la guerra, de cuyas causas y consecuencias inmediatas -el enrarecido clima de convivencia incivil- se convierte, por cierto, en pertinente metáfora, pero aporta también el enraizamiento del débil tronco del realismo español posterior a Baraja -uno de los maestros escogidos por Cela, junto a Quevedo y Valle-Inclán- en el inagotable hontanar de la picaresca del siglo de oro, época literaria en cuyo conocimiento el autor había profundizado durante su etapa formativa.

La familia de Pascual Duarte inaugura de hecho una vigorosa forma de realismo existencial, más vitalista que filosófico, estéticamente matizado por un expresionismo muy hispánico, que, además de ofrecer un cabal contrapunto a L'Etranger de Albert Camus, impresa en el mismo año 1942, encuentra enseguida eco y apoyo en otras de nuestras plumas más jóvenes.

Pero no menos admirable es que La familia de Pascual Duarte se resistiese a verse convertida en mero monumento inerte, que ostenta desdeñoso su esencia intemporal fosilizada (por así decirlo), y siga viva no solo para los lectores españoles, que acaban de elegirla entre las diez mejores escritas en castellano durante el siglo XX, sino para los de muchas otras lenguas.



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