El filósofo había escrito en las páginas preliminares de El Espectador algo que nuestro Nobel siempre ha tenido en cuenta: «Situado en el Escorial, claro que toma para mí el mundo un semblante carpetovetónico». Mas Cela no es un pensador, sino antes que otra cosa, y desde su primera juventud, todo un artista de la palabra. Así, aquel desvelamiento de la esencia humana coincide, por su afán de ignorar lo superfluo, con la búsqueda de la pureza del instrumento verbal que él siempre intenta, e invariablemente consigue desde, precisamente, La familia de Pascual Duarte, la historia de un criminal inocente contada por él mismo con las palabras justas, las más verosímiles y convincentes, las más emocionadoras también. Por eso se ha dicho de Cela que es un lírico disfrazado de humorista. Para el poeta los temas posibles son pocos, continuamente reiterados. Y cuando a Cela se le preguntó sobre la fórmula del humorista respondió así: «Escepticismo, siempre. Y crueldad y caridad a teclas alternas». Fórmula que está en este párrafo de la dedicatoria a su libro Tobogán de hambrientos:.Bienaventurados los Juan Lanas, los cabestros, los que lloran como Magdalenas, los incomprendidos, los miserables, los tontos del pueblo, los cagones, los presos: en el Evangelio de San Mateo se les consuela a todos». Pascual Duarte, Pascualillo como le llamó su última víctima, el Conde de Torremejía, en el trance de su asesinato, fue el primero de estos bienaventurados, y sin duda seguirá siendo el más famoso de todos ellos.

D edico esta edición a mis enemigos,

que tanto me han ayudado en mi carrera


N ota del transcriptor

Me parece que ha llegado la ocasión de dar a la imprenta las memorias de Pascual Duarte.



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