
– Pero entonces, ¿qué quieres que hagamos? ¿Que vaya al jefe, le diga que he encontrado el collar y se lo entregue para que él se lo devuelva a su dueño cuando éste acuda a reclamarlo? En cuestión de diez minutos, el cabrón de Pecorilla iría a venderlo por su cuenta.
– Podemos hacer otra cosa. Guardamos el collar en casa, pero se lo decimos a Pecorilla. Si alguien lo reclama, se lo entregamos.
– ¿Y qué ganamos con eso?
– El porcentaje que se supone que corresponde a quien encuentra este tipo de cosas. ¿Cuánto crees tú que vale?
– Unos veinte millones de liras -contestó Saro, pensando que había dicho una cifra demasiado alta-. Supongamos que nos corresponden dos millones. ¿Me quieres explicar cómo pagamos con dos millones todos los tratamientos que necesita Nenè?
Estuvieron discutiendo hasta el amanecer y lo dejaron porque Saro se tenía que ir a trabajar. Pero habían llegado a un acuerdo provisional que dejaba parcialmente a salvo su honradez: guardarían el collar sin decir una sola palabra a nadie, dejarían pasar una semana y entonces, en caso de que no hubiera aparecido el propietario reclamándolo, irían a empeñarlo. Cuando, poco antes de salir, Saro fue a dar un beso a su hijo, se llevó una sorpresa: Nenè estaba profundamente dormido, como si se hubiera enterado de que su padre había encontrado la manera de conseguir curarlo.
* * *
Pino tampoco pudo pegar ojo aquella noche. Su cabeza era muy dada a la reflexión. Le encantaba el teatro y había sido actor en las voluntariosas aunque cada vez más escasas compañías teatrales de aficionados de Vigàta y alrededores. Le gustaba leer obras de teatro y, en cuanto sus magras ganancias se lo permitían, corría a la única librería de Montelusa a comprarse comedias y dramas. Vivía con su madre, que cobraba una pequeña pensión, y no tenían problemas para comer. Su madre le había hecho contar tres veces el descubrimiento del muerto, obligándolo a ilustrar mejor cada detalle.
