
Durante veinticuatro horas, por lo menos, no ocurriría nada. Montalbano se fue por la tarde a su chalet, se tendió en la cama y se pasó tres horas durmiendo. Después se levantó y, puesto que a mediados de septiembre el mar estaba tan liso como una tabla, se dio un buen baño. Al regresar a su casa, se preparó un plato de espaguetis con erizos de mar y encendió el televisor. Como era de esperar, todos los informativos locales hablaban de la muerte del ingeniero; hacían los habituales elogios y, de vez en cuando, salía algún político con cara de circunstancias para recordar los méritos del difunto y los problemas que entrañaba su desaparición. Pero no hubo ni uno, ni siquiera el único telediario de la oposición, que se atreviera a decir de qué manera había muerto el malogrado Luparello.
Tres
Saro y Tana pasaron una mala noche. No les cabía la menor duda de que Saro había encontrado un tesoro como los de los cuentos, en los que unos miserables pastores tropezaban con jarras llenas de monedas de oro o con joyas cuajadas de brillantes. Pero aquí, la cuestión era muy distinta: no cabía duda de que el collar, de moderna factura, había sido perdido la víspera, y, calculando a ojo de buen cubero, valía una fortuna. ¿Cómo era posible que nadie lo hubiera reclamado? Sentados alrededor de la mesa de la cocina, con el televisor encendido y la ventana abierta para evitar que los vecinos, alertados por el más mínimo cambio, empezaran a fisgonear y criticar, Tana se opuso a la intención de su marido de ir a vendérselo a los hermanos Siracusa en cuanto abrieran la joyería.
– En primer lugar, tú y yo somos personas honradas. Y por eso no podemos ir a vender una cosa que no nos pertenece.
