
– Tengo que transmitirle unos agradecimientos -empezó diciendo el jefe superior.
– ¿Ah, sí? ¿De parte de quién?
– De parte del obispo, Monseñor Teruzzi, y de nuestro ministro. Monseñor Teruzzi me ha dicho, y repito sus palabras, que se ha alegrado de la caridad cristiana puesta de manifiesto por usted, por decirlo de alguna manera, al impedir que periodistas y fotógrafos sin escrúpulos ni decencia pudieran captar y difundir unas imágenes indecorosas del cadáver.
– ¡Pero yo di la orden cuando aún no sabía quién era el muerto! Habría hecho lo mismo con cualquier otra persona.
– Lo sé, Jacomuzzi me lo ha contado todo. Pero ¿para qué iba yo a revelar este insignificante detalle al venerable prelado? ¿Para desengañarlo con respecto a su caridad cristiana? Es un gesto caritativo, mi querido amigo, que adquiere tanto más valor cuanto más elevada es la posición del objeto de la caridad, ¿me explico? Imagínese que el obispo ha llegado incluso a citar a Pirandello.
– ¡No me diga!
– Pues sí. Ha citado aquella frase de Seis personajes en busca de autor en la que el padre dice que, después de una vida intachable, por culpa de un fallo momentáneo uno no puede permanecer atado para siempre a un gesto deshonroso. Como queriendo decir que no se puede transmitir a la posteridad la imagen del ingeniero con los pantalones momentáneamente bajados.
– ¿Y el ministro?
– Bueno, ése no ha citado a Pirandello porque ni siquiera sabe dónde vive, pero la idea, tortuosa y dicha entre refunfuñas, era la misma. Y, dado que pertenece al mismo partido que Luparello, se ha permitido añadir otra palabra.
– ¿Cuál?
– Prudencia.
– ¿Qué tiene que ver la prudencia con esta historia?
– No lo sé, yo le transmito la palabra escueta.
– ¿Se sabe algo de la autopsia?
– Todavía no. Pasquano quería guardarlo en la cámara frigorífica hasta mañana, pero le he convencido para que lo examine a última hora de la mañana o a primera de la tarde. Pero no creo que por ahí podamos averiguar nada.
