– Lo mismo pienso yo -dijo el comisario, dando por terminada la conversación.

Montalbano no extrajo de la lectura de los periódicos más información de la que ya tenía sobre la vida, milagros y reciente muerte del ingeniero Luparello, por lo que sólo le sirvió para refrescarle la memoria. Heredero de una dinastía de constructores de obras de Montelusa (su abuelo había proyectado la vieja estación, y su padre, el Palacio de Justicia), el joven Silvio, tras licenciarse brillantemente en el Instituto Politécnico de Milán, había regresado a su pueblo para continuar y potenciar las actividades de la familia. Católico practicante, había abrazado las ideas de su abuelo, que era un ardiente seguidor de don Luigi Sturzo, fundador del Partido Popular italiano (acerca de las ideas de su padre, miembro de las brigadas de acción fascistas y participante en la marcha sobre Roma, se había corrido un obligado velo de silencio), y se había ejercitado en la Fuci, la organización que agrupaba a los jóvenes universitarios católicos, tejiendo de esta manera una sólida red de amistades. Desde entonces, Silvio Luparello aparecía en todas las manifestaciones, celebraciones y comicios al lado de los peces gordos del partido, pero siempre un paso por detrás y con una media sonrisa en los labios, dando a entender que estaba allí por decisión propia y no por razones de jerarquía. Requerido en repetidas ocasiones para que se presentara como candidato a las distintas elecciones políticas o administrativas, siempre se había negado aduciendo nobilísimos motivos -puntualmente dados a conocer a la opinión pública-, como la humildad, el servicio en la sombra y en silencio, cualidades propias de un católico. Durante casi veinte años, había servido efectivamente en la sombra y en silencio, hasta que un día decidió aprovecharse de todo lo que había visto con sus perspicaces ojos en aquella sombra.



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