
Hasta hacía muy poco tiempo, para los que entonces se conocían por el poco elegante nombre de «basureros», el aprisco había sido una zona de trabajo extremadamente descansado: entre hojas de papel, bolsas de plástico, latas de cerveza y de Coca-Cola y cagadas mal enterradas o dejadas al aire, asomaba de vez en cuando un preservativo usado. Alguien con ganas y fantasía hubiera podido pararse a imaginar los detalles del encuentro. Pero de un año a esta parte, los preservativos se habían convertido en un mar, una alfombra, desde que un ministro de rostro oscuro e impenetrable, digno de una clasificación lombrosiana, extrajera de su cabeza, todavía más oscura e impenetrable que su rostro, una idea para solucionar los problemas de orden público del sur. Dicha idea se la había comunicado a un compañero suyo con cargo en el Ejército y que casi parecía sacado de una ilustración de Pinocho. Ambos decidieron enviar a Sicilia unos cuantos contingentes militares destinados a «controlar el territorio» y aliviar la tarea de los carabineros, policías, servicios de información, núcleos operativos especiales, Policía Judicial, agentes de tráfico, vigilancia ferroviaria y portuaria, miembros de la Jefatura Superior de Policía, grupos antimafia, antiterrorismo, antidroga, antirrobo, antisecuestro y de muchos otros, omitidos para abreviar, que realizan tareas muy diversas.
