Gracias a la ocurrencia de los dos eminentes estadistas, un grupo de niñatos piamonteses e imberbes friulanos de reemplazo que hasta entonces se habían deleitado respirando el aire puro y punzante de sus montañas, de la noche a la mañana se habían visto resollando afanosamente y viviendo en alojamientos provisionales en unos pueblos que se encontraban poco más o menos a un metro de altura sobre el nivel del mar, entre gente que hablaba un dialecto incomprensible, a base de silencios más que de palabras, y que se expresaba con movimientos de cejas indescifrables y fruncimientos imperceptibles. Se habían adaptado lo mejor que habían podido, gracias a su juventud y a la mano que les habían echado los propios vigateses, conmovidos por el aspecto desvalido y desarraigado de aquellos mozos forasteros. Pero quien de verdad se había encargado de suavizar la dureza de su exilio había sido Gegè Gullotta, un hombre de ingenio desbordante, obligado hasta aquel momento a reprimir sus naturales dotes de rufián bajo el disfraz de pequeño camello. Tras enterarse, tanto por medio de artimañas como por vías ministeriales, de la inminente llegada de los soldados, Gegè había tenido una idea genial, y, para ponerla en práctica, había recurrido de inmediato a la persona adecuada para obtener los innumerables, complicados e indispensables permisos. Esta persona era la que realmente controlaba el territorio, y por su cabeza no pasaba, ni de lejos, la posibilidad de expedir licencias en papel timbrado. En resumen, Gegè pudo inaugurar en el aprisco su mercado especializado en carne fresca y en una amplia variedad de drogas blandas. La carne fresca procedía en buena parte de los países del Este, liberados del yugo comunista, el cual, como todo el mundo sabe, negaba toda dignidad a las personas. Ahora, entre los matorrales y el arenal del aprisco, la reconquistada dignidad volvía a brillar de noche en todo su esplendor. Pero tampoco faltaban mujeres del Tercer Mundo, travestis, transexuales, mariconzuelos napolitanos y «viados» brasileños. Los había para todos los gustos -un auténtico derroche, una orgía-, y el comercio prosperó para gran satisfacción de los militares, de Gegè y de la persona que le había concedido los permisos a cambio de unos justos porcentajes.



3 из 130