
– Si me quieres follar, llévame a tu casa, aquí no me gusta.
En el aprisco había dos o tres coches, pero era evidente que sus ocupantes no pertenecían al ambiente nocturno de Gegè Gullotta. Eran estudiantes de ambos sexos, parejas burguesas que no habían encontrado sitio mejor. Montalbano recorrió el sendero hasta el final y, cuando las ruedas delanteras ya se hundían en la arena, frenó. El tupido matorral junto al cual se había descubierto el BMW se encontraba a la izquierda y no se podía alcanzar por aquel camino.
– ¿Es allí donde lo han encontrado? -preguntó Anna.
– Sí.
– ¿Qué buscas?
– Ni yo mismo lo sé. Bajemos.
Se encaminaron hacia los matorrales. Montalbano le rodeó el talle y la estrechó contra él; ella apoyó la cabeza en su hombro sonriendo. Ahora comprendía por qué la había invitado el comisario. Se trataba de una artimaña; yendo los dos juntos, no pasaban de ser una pareja más de enamorados o de amantes que buscaban la manera de aislarse en el aprisco. Eran seres anónimos y no suscitarían la menor curiosidad.
«¡Qué hijo de puta! -pensó Anna-. Le importa una mierda lo que yo siento por él.»
Montalbano se detuvo de espaldas al mar. El matorral se encontraba frente a ellos, a unos cien metros de distancia en línea recta. No cabía la menor duda: el BMW había llegado hasta allí no por los senderos sino desde la playa y, tras girar hacia el matorral, se había detenido con el morro de cara a la vieja fábrica, es decir, justo en posición contraria a la que necesariamente tenían que adoptar los vehículos procedentes de la carretera provincial, pues no había el menor espacio para maniobrar. Cualquiera que quisiera regresar a la carretera no tenía más remedio que hacer marcha atrás en los senderos. Sin dejar de abrazar a Anna, Montalbano recorrió otro trecho con la cabeza inclinada: no descubrió huellas de neumáticos, el mar lo había borrado todo.
