Los periódicos, además de silenciar las circunstancias de la muerte, acallaban los rumores que corrían desde hacía años acerca de asuntos mucho menos públicos en los que estaba involucrado el ingeniero. Se hablaba de concursos de adjudicaciones amañados, comisiones millonarias y presiones rayanas en el chantaje. Y, en todos los casos, asomaba el nombre del abogado Rizzo, primero lacayo, después hombre de confianza y finalmente álter ego de Luparello. Se decía incluso que Rizzo era el puente entre el ingeniero y la mafia, y sobre este tema el comisario había tenido ocasión de ver, extraoficialmente, un informe confidencial en el que se hablaba de tráfico de divisas y blanqueo de dinero. Sospechas, desde luego, pero nada más, pues jamás se habían podido concretar: todas las peticiones para iniciar una investigación se habían perdido en los meandros de aquel palacio de justicia que el padre del ingeniero había proyectado y construido.

A la hora del almuerzo, Montalbano llamó a la Brigada Móvil de Montelusa para hablar con la inspectora Ferrara. Era la hija de un compañero suyo de escuela que se había casado muy joven; una chica simpática y divertida que, vete a saber por qué, de vez en cuando intentaba seducirlo.

– ¿Anna? Te necesito.

– ¡No me digas!

– ¿Tienes alguna hora libre por la tarde?

– Me la buscaré, comisario. Siempre a tu disposición, de día y de noche. A tus órdenes o, si quieres, a tus deseos.

– Pues, entonces, iré a recogerte a Montelusa, a tu casa, sobre las tres.

– Me llenas de alegría.

– Ah, por cierto, Anna, vístete de mujer.

– ¿Tacones muy altos y abertura en el muslo?

– Simplemente quería decir que no te presentes de uniforme.

Al segundo toque de claxon, Anna salió puntualísima del portal vestida con blusa y falda. No hizo preguntas. Se limitó a besar a Montalbano en la mejilla. Sólo cuando el vehículo enfiló el primero de los tres senderos que desde la carretera provincial conducían al aprisco, sólo entonces habló.



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