– ¿Había cenado?

– No había cenado.

– ¿Puede decirme a qué hora murió?

– Esa pregunta me ataca los nervios. Se dejan ustedes sugestionar por las películas americanas, en las que, cuando el policía pregunta a qué hora tuvo lugar el delito, el forense le contesta que el asesino terminó su obra a las dieciocho treinta y dos, segundo más segundo menos, treinta y seis días antes. Usted también vio que el cadáver aún no estaba rígido, ¿no? Y también notó el sofocante calor que hacía en el interior de aquel vehículo, ¿no?

– ¿Entonces?

– Entonces el pobrecillo se fue entre las diecinueve y las veintidós horas de la víspera del día en que lo encontraron.

– ¿Nada más?

– Nada más. Ah, se me olvidaba: el ingeniero la palmó, pero consiguió echar el polvo. Se encontraron restos de esperma en sus partes bajas.

– ¿Señor jefe superior? Soy Montalbano. Quiero comunicarle que me acaba de llamar el doctor Pasquano. Ya ha realizado la autopsia.

– No gaste saliva, Montalbano. Lo sé todo. Sobre las dos de la tarde me ha llamado Jacomuzzi, que estaba presente, y me ha facilitado la información. ¡Qué bonito!

– Perdone, no le entiendo.

– Me parece bonito que, en esta espléndida provincia nuestra, alguien decida morir de muerte natural para dar buen ejemplo, ¿no cree? Con otras dos o tres muertes como la del ingeniero, nos ponemos al mismo nivel que el resto de Italia. ¿Ha hablado con Lo Bianco?

– Todavía no.

– Hágalo ahora mismo. Dígale que, por nuestra parte, ya no hay ningún problema. Pueden celebrar el entierro cuando quieran, si el juez da el visto bueno. Oiga, Montalbano, esta mañana he olvidado decírselo. Mi mujer se ha inventado una receta fabulosa para los pulpitos. ¿Le iría bien el viernes por la noche?



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