– ¿Montalbano? Soy Lo Bianco. Quiero ponerle al corriente. A primera hora de la tarde he recibido una llamada del doctor Jacomuzzi.

«¡Lástima de carrera desaprovechada! -pensó de inmediato Montalbano-. En otros tiempos, Jacomuzzi hubiera sido un pregonero extraordinario, de esos que iban por ahí tocando el tambor.»

– Me ha comunicado que la autopsia no ha detectado nada anormal -añadió el juez-. Y, por consiguiente, he autorizado la inhumación del cadáver. ¿Tiene usted algo en contra?

– Nada.

– Entonces, ¿puedo considerar el caso cerrado?

– ¿Me puede conceder dos días más de plazo?

Montalbano oyó, materialmente, dispararse un timbre de alarma en la cabeza de su interlocutor.

– ¿Por qué, Montalbano?, ¿qué ocurre?

– Nada, señor juez, absolutamente nada.

– ¿Pues entonces, hombre de Dios? Le confieso, señor comisario, y no tengo ningún reparo en hacerlo, que tanto yo como el jefe de la fiscalía, el gobernador civil y el jefe superior de policía hemos sido objeto de fuertes presiones para que el caso se cierre a la mayor brevedad posible. Nada ilegal, por supuesto. Sólo son las consabidas peticiones de personas, familiares y amigos del partido, que desean olvidar y hacer que se olvide cuanto antes esta desdichada historia. Y con razón, creo yo.

– Lo comprendo, señor juez. Pero yo no necesito más de dos días.

– Pero ¿por qué? ¡Deme una razón!

Encontró una respuesta, una escapatoria. No podía explicarle al juez que su petición no se basaba en nada o, mejor dicho, se basaba, no sabía ni cómo ni por qué, en la sensación de que alguien que en aquellos momentos actuaba con más habilidad que él lo estaba tomando por tonto.

– Si de veras lo quiere saber, le diré que lo hago por el qué dirán. No quiero que nadie haga correr la voz de que hemos archivado rápidamente el caso porque no teníamos intención de llegar hasta el fondo del asunto. Mire, basta muy poco para que tome cuerpo esta idea.



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