
– Soy Anna, perdóname si te molesto.
– ¿Por qué hablas así? ¿Estás resfriada?
– No, estoy en el despacho, en la Brigada Móvil, y no quiero que me oigan.
– Dime.
– Jacomuzzi ha llamado a mi jefe y le ha dicho que tú aún no quieres cerrar el caso Luparello. Mi jefe me ha dicho que eres un gilipollas, opinión que comparto y que, por otra parte, he tenido ocasión de manifestarte hace unas horas.
– ¿Para eso llamas? Gracias por confirmármelo.
– Comisario, tengo que decirte otra cosa de la que me he enterado poco después de haberte dejado, al volver aquí.
– Estoy con la mierda hasta el cuello, Anna. Mañana.
– No, no hay tiempo que perder. Puede interesarte.
– Mira, estaré ocupado hasta la una o una y media de la noche. Si puedes acercarte ahora, me iría muy bien.
– Ahora no puedo. Iré a tu casa a las dos.
– ¿Esta noche?
– Sí, y si no has llegado, te espero.
– Hola, cariño. Soy Livia. Siento llamarte al despacho, pero…
– Tú me puedes llamar cuando y donde quieras. ¿Qué hay?
– Nada importante. Acabo de leer en un periódico lo de la muerte de un político de tu tierra. Es sólo una reseña. Dice que el comisario Salvo Montalbano está llevando a cabo minuciosas investigaciones sobre las causas de la muerte.
– ¿Y qué?
– ¿Esta muerte te dará mucho la lata?
– No demasiado.
– Entonces, ¿no hay cambios? ¿El sábado que viene vendrás a verme? ¿No me darás una desagradable sorpresa?
– ¿Cuál?
– La avergonzada llamada, anunciándome que se ha producido un cambio sustancial en las investigaciones y que, por consiguiente, tendré que esperar, pero que no sabes hasta cuándo y que quizá sería mejor dejarlo para la próxima semana. Ya lo has hecho, y más de una vez.
