
– No te preocupes, esta vez no sucederá eso.
– ¿Dottor Montalbano? Soy el padre Arcangelo Baldovino, el secretario de su eminencia el obispo.
– Encantado. Dígame, padre.
– El obispo ha recibido, y con cierto estupor, lo reconocemos, la noticia de que usted considera oportuno prolongar las investigaciones acerca de la dolorosa y desdichada desaparición del ingeniero Luparello. ¿La noticia se ajusta a la verdad?
Montalbano le confirmó que se ajustaba a la verdad y explicó por tercera vez el motivo de su proceder. El padre Baldovino pareció convencido, pero suplicó al comisario que se diera prisa «para impedir infames conjeturas y evitar a la familia una ulterior tortura».
– ¿Comisario Montalbano? Soy el ingeniero Luparello.
«Pero ¿no te habías muerto, coño?»
La broma estuvo a punto de escapársele, pero se contuvo a tiempo.
– Soy el hijo -añadió el otro con una voz extremadamente educada y cortés, sin la menor inflexión dialectal-. Me llamo Stefano. Tengo que hacerle una petición que quizá le parecerá insólita. Le llamo en nombre de mi madre.
– Si puedo atenderla, delo por hecho.
– Mi madre quisiera hablar con usted.
– ¿Y eso qué tiene de insólito, ingeniero? Yo mismo tenía intención de pedirle a la señora que tuviera a bien recibirme cualquier día de éstos.
– El caso es, señor comisario, que mamá quisiera hablar con usted mañana, como muy tarde.
– Dios mío, ingeniero, estos días no tengo ni un minuto, créame. Y supongo que ustedes tampoco.
– Diez minutos siempre se encuentran, no se preocupe. ¿Le parece bien mañana por la tarde, a las cinco en punto?
– Montalbano, ya sé que te he hecho esperar, pero estaba… en el retrete, en tu reino.
– Venga, ¿qué quieres?
– Quiero darte una noticia muy grave. Me acaba de llamar el Papa desde el Vaticano, cabreadísimo contigo.
– Pero ¡qué dices, hombre!
