Pino y Saro se encaminaron a su puesto de trabajo empujando cada uno su carrito. Para llegar al aprisco se tardaba media hora caminando despacio, como ellos estaban haciendo. Se pasaron el primer cuarto de hora sin decir nada, ya sudados y pegajosos. Después, Saro rompió el silencio.

– Ese Pecorilla es un cabrón -proclamó.

– Un grandísimo cabrón -confirmó Pino.

Pecorilla era el jefe que se encargaba del reparto de los lugares que había que limpiar, y era evidente que odiaba con toda su alma a cualquiera que tuviera estudios, él, que a los cuarenta años sólo había conseguido aprobar el tercer curso de enseñanza primaria, y eso gracias a que Cusumano le había puesto las peras a cuarto al maestro. De ahí que siempre se las arreglara para que el trabajo más humillante y difícil recayera sobre los tres diplomados que tenía a sus órdenes. En efecto, aquella misma mañana había encargado a Ciccu Loreto el tramo del muelle del que zarpaba el barco correo rumbo a la isla de Lampedusa. Lo que significaba que Ciccu, contable de profesión, se vería obligado a contar las toneladas de basura que las manadas de ruidosos turistas -eso sí, multilingües-, hermanados por un total desprecio por la higiene personal y pública, dejaban tras de sí los sábados y los domingos mientras esperaban a embarcar. Pino y Saro también encontrarían en el aprisco un desastre parecido después de dos días de permiso de los militares.

Al llegar al cruce de Via Lincoln con Viale Kennedy (en Vigàta había también un patio Eisenhower y un callejón Roosevelt), Saro se detuvo.

– Paso un momento por casa para ver cómo está mi crío -le dijo a su amigo-. Espérame, será sólo un minuto.



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