– ¿Le ocurre algo, dottore?

– Nada -lo tranquilizó Montalbano-. Simplemente me he levantado temprano.

Había comprado los dos periódicos de la isla y empezó a leerlos. El primero de ellos anunciaba con todo lujo de detalles los solemnes funerales que el obispo celebraría al día siguiente en la catedral por el descanso eterno de Luparello. Dada la previsible afluencia de personalidades que acudirían para dar el pésame y rendir el último homenaje al difunto, se adoptarían medidas de seguridad extraordinarias. Se iba a contar con la presencia de dos ministros, cuatro subsecretarios, dieciocho diputados y senadores y una caterva de diputados regionales. De ahí la necesidad de recurrir a agentes de la policía, carabineros, agentes de la Policía Judicial y de la guardia urbana, sin contar los guardaespaldas personales y otros de carácter todavía más personal, acerca de los cuales el periódico no decía nada, formados por gente indudablemente relacionada con el orden público pero desde el otro lado de la ley. El segundo periódico repetía más o menos lo mismo, añadiendo que la capilla ardiente se había instalado en el vestíbulo de la residencia de los Luparello, y que una interminable cola de personas esperaba para expresar su gratitud por todo lo que el difunto, cuando todavía estaba vivo, claro, había hecho por ellas con imparcial diligencia.

Entretanto, ya había llegado el sargento Fazio, con quien Montalbano se pasó un buen rato comentando algunas investigaciones pendientes. De Montelusa no se recibió ninguna llamada. Al mediodía, el comisario abrió una carpeta que contenía la declaración de los basureros acerca del descubrimiento del cadáver. Copió sus direcciones, saludó al sargento y a los agentes y dijo que se dejaría caer por allí por la tarde.

Si los hombres de Gegè habían hablado con las putas por la cuestión del collar, lo más seguro era que también hubieran intercambiado unas palabras con los basureros.



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