– Bueno ¿y dónde está la documentación?

La mujer negó con la cabeza y rompió silenciosamente a llorar.

– No tengas miedo -le dijo el comisario.

– Yo no miedo. Yo mucha mala suerte.

– ¿Por qué?

– Porque, si tú esperar unos días, yo no estar aquí.

– ¿Adónde querías ir?

– Hay un señor de Fela, querer a mí, yo gustar a él, domingo dijo casar conmigo. Yo creo a él.

– ¿El que te viene a ver todos los sábados y domingos?

Fatma abrió unos ojos como platos.

– ¿Cómo tú saber? -Rompió nuevamente a llorar-. Pero ahora todo terminado.

– Dime una cosa. ¿Gegè deja que te vayas con este señor de Fela?

– Señor hablado con señor Gegè, señor paga.

– Mira, Fatma, hazte cuenta de que no he venido. Sólo quiero preguntarte una cosa y, si me dices la verdad, doy media vuelta, me voy y puedes volver a la cama.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Te han preguntado en el aprisco si habías encontrado una cosa?

Los ojos de la mujer se iluminaron.

– ¡Oh, sí! Vino señor Filippo, el hombre de señor Gegè. Dijo a todos nosotros si encontrábamos collar de oro con corazón de brillantes, dar enseguida a él. Si no encontrar, buscar.

– ¿Y sabes si alguien lo ha encontrado?

– No. También esta noche todas buscar.

– Gracias -dijo Montalbano, encaminándose hacia la puerta. Una vez en el umbral, se detuvo y se volvió a mirar a Fatma-. Enhorabuena.

De esta manera, Montalbano se la había devuelto a Gegè, pues había conseguido averiguar lo que aquél le había ocultado. Y, de lo que Fatma acababa de decirle, el comisario extrajo una lógica consecuencia.

Llegó a la comisaría a las siete en punto. El agente que estaba de guardia lo miró, preocupado.



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