
– ¿Está Saro?
– Ha ido a la farmacia a comprarle las medicinas a nuestro hijo, pero vuelve enseguida.
– ¿Por qué, está enfermo?
Sin contestar, la mujer extendió el brazo para enseñárselo. El chiquillo estaba enfermo, vaya si lo estaba: tez amarillenta, mejillas hundidas, grandes ojos de adulto que lo miraban con irritación. Montalbano se compadeció de él. No soportaba ver sufrir a los niños.
– ¿Qué le ocurre?
– Los médicos no lo saben explicar. ¿Pero quién es usted?
– Me llamo Virduzzo y trabajo como contable en la Splendor.
– Pase.
La mujer ya estaba más tranquila. El apartamento estaba muy desordenado, y era evidente que el hecho de tener que permanecer siempre al lado del pequeño le impedía dedicarse a las tareas domésticas.
– ¿Qué quiere de Saro?
– Me parece que me he equivocado en las cuentas de la última paga y le he dado de menos, y quisiera ver su sobre.
– Si es por eso no hace falta que espere a Saro. -Dijo la mujer-. Yo puedo enseñarle el sobre. Acompáñeme.
Montalbano la siguió. Ya se había inventado otro pretexto para aguardar la llegada del marido. El dormitorio olía mal, como a leche agria. La mujer trató de abrir el cajón superior de una cómoda, pero no podía, pues sujetaba al chiquillo con un brazo y sólo tenía una mano libre.
– Si me permite, yo la ayudo -dijo Montalbano.
La mujer se apartó, el comisario abrió el cajón y vio que estaba lleno de papeles, cuentas, recetas médicas y recibos.
– ¿Dónde están los sobres de la paga?
