
Justo en aquel momento, entró Saro en el dormitorio. No lo habían oído llegar, pues la puerta del apartamento estaba abierta. Al ver a Montalbano rebuscando en el cajón pensó por un instante que el comisario estaba registrando la casa en busca del collar. Palideció intensamente, se puso a temblar y se apoyó en la jamba de la puerta.
– ¿Qué desea? -preguntó con gran esfuerzo.
Aterrorizada por el visible pánico de su marido, la mujer habló antes de que Montalbano tuviera tiempo de contestar.
– ¡Es el contable Virduzzo! -dijo casi a gritos.
– ¿Virduzzo? ¡Éste es el comisario Montalbano!
La mujer se tambaleó. Montalbano se apresuró a sujetarla y, temiendo que el pequeño acabara con su madre en el suelo, la ayudó a sentarse en la cama. A continuación, el comisario habló, y las palabras le salieron de la boca sin intervención del cerebro, un fenómeno que le había ocurrido otras veces y que, en cierta ocasión, un ingenioso periodista había llamado «el rayo de intuición que de vez en cuando fulmina a nuestro policía».
– ¿Dónde tenéis guardado el collar?
Saro se movió con rigidez para contrarrestar el efecto de las piernas que se le habían quedado tan blandas como el requesón, y se acercó a su mesilla de noche; abrió el cajón, sacó un paquetito envuelto en papel de periódico y lo arrojó sobre la cama. Montalbano lo cogió, se fue a la cocina, se sentó y deshizo el paquete. Era una joya vulgar, pero al mismo tiempo muy fina: vulgar por el diseño y fina por la factura y la talla de los brillantes que llevaba engarzados. Entretanto, Saro lo había seguido hasta la cocina.
– ¿Cuándo lo encontraste?
– El lunes a primera hora, en el aprisco.
– ¿Se lo dijiste a alguien?
– No, sólo a mi mujer.
– ¿Vino alguien a preguntarte si lo habías encontrado?
– Sí. Filippo di Cosmo, un hombre de Gegè Gullotta.
– ¿Y tú qué le dijiste?
– Que no.
