
– ¡Me ofendes! ¡Si tú me dices que no hable de una cosa, yo no se lo digo ni a Dios!
* * *
– ¿Ingeniero Luparello? Siento muchísimo no haber podido ir hoy a su casa. Créame que me ha sido del todo imposible. Le ruego que presente mis disculpas a su madre.
– Espere un momento, comisario.
Montalbano esperó pacientemente.
– ¿Comisario? Mamá dice que, si le va bien, mañana a la misma hora.
Le iba bien, y lo confirmó.
Ocho
Regresó a casa muy cansado y con intención de acostarse enseguida, pero casi mecánicamente, pues era una especie de tic, encendió el televisor. El presentador de Televigata, tras haber comentado el acontecimiento del día -un tiroteo entre mafiosos de poca monta en las afueras de Milán-, anunció que en Montelusa se había reunido la secretaría provincial del partido al que pertenecía (o, mejor dicho, había pertenecido) el ingeniero Luparello. Una reunión extraordinaria que en tiempos menos revueltos que los presentes, y por obligado respeto al difunto, se hubiera celebrado por lo menos pasados treinta días de la desaparición. Pero, tal como estaban las cosas, las turbulencias de la situación política exigían decisiones rápidas y brillantes. Así pues, habían elegido por unanimidad como secretario provincial al doctor Angelo Cardamone, jefe del servicio de traumatología del hospital de Montelusa, un hombre que a menudo había chocado con Luparello en el seno del partido, pero siempre con valentía y lealtad, a cara descubierta. Este contraste de pareceres, añadía el presentador, se podía resumir en los siguientes términos: mientras que el ingeniero era partidario del mantenimiento del cuatripartito, pero con la entrada de fuerzas vírgenes no desgastadas por la política (léase: todavía no alcanzadas por escándalos de corrupción), el traumatólogo se mostraba partidario de un diálogo con la izquierda, cauto y prudente, por supuesto. El cargo electo había recibido telegramas y llamadas de felicitación, incluso desde la oposición. En la entrevista que le habían hecho, Cardamone se había mostrado emocionado, pero decidido; había declarado que se esforzaría al máximo para no desmerecer la confianza que habían depositado en él ni la sagrada memoria de su predecesor, y había terminado diciendo que entregaría al renovado partido «su diligente trabajo y su ciencia».
