La mujer, por su parte, estaba tendida en la cama, también con una pequeña mancha de sangre a la altura del corazón y un rosario en las manos. Parecía que había estado rezando antes de permitir que el marido la matara. Una vez más, Montalbano pensó en el jefe superior de policía, que esta vez tenía razón: allí la muerte había encontrado su dignidad.

Nervioso y huraño, dictó al sargento las disposiciones necesarias y lo dejó allí a la espera del juez. Además de una repentina tristeza, experimentaba un leve remordimiento: ¿y si hubiera actuado con más prudencia con el maestro, si hubiera avisado a su debido tiempo a los amigos de Contino, a su médico?


* * *

Dio un largo paseo por el puerto y por el muelle de levante, su preferido, y, ya más tranquilo, regresó al despacho. Encontró a Fazio fuera de sí.

– ¿Qué hay, qué ha ocurrido? ¿No ha llegado todavía el juez?

– Sí, ha llegado y ya se han llevado los cadáveres.

– Pues entonces, ¿qué te pasa?

– Me pasa que, mientras medio pueblo contemplaba al maestro Contino pegando tiros, unos cabrones han aprovechado para limpiar dos apartamentos de arriba abajo. Ya he mandado a cuatro de los nuestros. Le estaba esperando para ir yo también.

– Anda, vete. Ya me quedo yo aquí.

Decidió que había llegado el momento de poner toda la carne en el asador; la trampa que le rondaba por la cabeza tenía que dar necesariamente resultado.

– ¿Jacomuzzi?

– ¡Pero bueno! ¿A qué vienen tantas prisas? Aún no me han dicho nada de tu collar. Es muy pronto todavía.

– Sé muy bien que aún no puedes estar en condiciones de decirme nada, me doy perfecta cuenta.

– Pues entonces, ¿qué quieres?

– Pedirte la máxima discreción. La historia del collar no es tan sencilla como parece y puede conducir a desenlaces imprevisibles.



53 из 130