
Pino, que había elegido el trozo de aprisco más cercano al arenal, de repente reparó en el morro de un coche que, a unos veinte metros de distancia, asomaba por un matorral más denso que los demás. Se detuvo perplejo; no era posible que alguien se hubiera demorado hasta aquella hora, las siete de la mañana, para follar con una puta. Se acercó cautelosamente, avanzando de puntillas y casi doblado por la mitad. Al llegar a la altura de los faros delanteros, enderezó de golpe la espalda. No ocurrió nada, nadie le dijo que se metiera en sus asuntos; el coche parecía estar vacío. Se acercó un poco más. En el asiento del copiloto vio la borrosa silueta de un hombre inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás. Tenía aspecto de estar profundamente dormido, pero a Pino había algo que no le cuadraba. Se volvió, y empezó a dar voces, llamando a Saro. Éste llegó echando los bofes, con los ojos como platos.
– ¿Qué pasa? ¿Qué coño quieres? ¿Qué mosca te ha picado?
Pino percibió en las preguntas de su amigo un tono agresivo, pero lo atribuyó a la carrera que se había pegado para reunirse con él.
– Fíjate en eso.
Armándose de valor, Pino se acercó al lado del conductor, intentó abrir la portezuela sin conseguirlo, pues el coche tenía puesto el seguro. Con la ayuda de Saro, que ahora ya parecía un poco más tranquilo, trató de alcanzar la otra puerta, contra la cual se apoyaba parte del cuerpo del hombre, pero no pudo porque el coche, un impresionante BMW de color verde, estaba tan pegado al seto que no permitía que nadie se acercara por aquel lado. Sin embargo, asomándose y arañándose la piel con las zarzas, lograron ver el rostro del hombre. No dormía, tenía los ojos abiertos e inmóviles. Al darse cuenta de que la había palmada, Pino y Saro se quedaron helados del susto: no por la contemplación de la muerte, sino porque habían reconocido al muerto.
