
– Me noto como si estuviera en una sauna -dijo Saro, corriendo por la carretera provincial hacia una cabina telefónica-. Un chorro frío y un chorro caliente.
Una vez superada la parálisis inicial al reconocer la identidad del muerto, ambos se pusieron de acuerdo: antes de informar a los representantes de la ley, tenían que hacer otra llamada. Se sabían de memoria el número del honorable Cusumano, y Saro lo marcó, pero en el último momento Pino no permitió que diera ni un solo tono.
– Cuelga ahora mismo -dijo.
Saro lo hizo en una especie de acción refleja.
– ¿No quieres que le avisemos?
– Vamos a meditarlo un momento, hay que pensarlo muy bien, el caso es serio. Mira, tanto tú como yo sabemos que el honorable es una marioneta.
– ¿Y eso qué quiere decir?
– Que es una marioneta en manos del ingeniero Luparello, quien de verdad es, mejor dicho, era todo. Muerto Luparello, Cusumano no es nadie; es una pura mierda.
– Entonces, ¿qué?
– Entonces nada.
Se encaminaron hacia Vigàta, pero, a los pocos pasos, Pino detuvo a Saro.
– Rizzo -dijo.
– Yo a ese no lo llamo, me da miedo, no lo conozco.
– Yo tampoco, pero lo llamaré de todos modos.
Pino consiguió el número a través del servicio de información. Eran casi las ocho menos cuarto, pero Rizzo contestó al primer tono.
– ¿El abogado Rizzo?
– Sí, soy yo.
– Perdone que lo moleste a estas horas, señor abogado… Hemos encontrado al ingeniero Luparello…, nos parece que está muerto.
Hubo una pausa. Luego, Rizzo habló.
– ¿Y por qué me lo cuenta a mí?
Pino se sorprendió. Esperaba cualquier cosa menos aquella respuesta.
– Pero ¿cómo? ¿Acaso no es usted… su mejor amigo? Nos hemos sentido en la obligación…
– Se lo agradezco. Pero ante todo es necesario que cumplan ustedes con su deber. Buenos días.
