Algo parecido a una corriente de humildad le hace permanecer casi en silencio durante todo este almuerzo, por lo demás tan sencillo. Es la presencia de Juan Campos, el padre adorado, el más amado de todos los padres del mundo, el causante de una herida cuyo dolor no prescribe. Fernando Campos no acierta a enfocar con precisión la escena de este sencillo almuerzo en el Asubio porque su humillación, su herido narcisismo infantil no prescribirá nunca. Le amo, éste es el dato que Fernando Campos hace girar en su cabeza como la bola de una ruleta. Y desea dejar al azar de la giratoria ruleta nihilificadora la decisión de herir o amar a su padre. Ahí están Antonio y Emilia, tan iguales entre sí, tan comedidos como siempre, tan neutrales, no obstante haber intervenido tanto en la vida de Fernando cuando era pequeño. De los dos sintió celos Fernandito, de niño y de adolescente. ¿Por qué sus padres guardaron siempre las distancias con los hijos, y sin embargo nunca hubo distancias ni dificultades en su relación con Emilia y Antonio? Este mediodía lluvioso, tan triste, tan plano, tan del corazón desventurado -piensa Fernandito-, tan mío, que he venido aquí para odiar a mi padre y me encuentro, en cambio, asediado por los celos y descubro que le amo, que deseo abrazarle ¿Por qué mi padre no me arrastra consigo al interior de su alma, de su cuarto de estar, frente a su chimenea, frente al duro mar, pedregoso, mortal? ¿Por qué mi padre no me arrastra a su corazón y me acaricia y me ama? Yo entonces sería bueno, sería grandioso. Si mi padre me amara, llegaría a ser yo el que era desde siempre, el que nunca llegaré a ser, porque no me quiere, ni lo contrario.

A su manera lenta, minuciosa -un poco fría aunque afectuosa, delicadamente distanciada de lo que contempla e incluso de lo que desea-, reflexiona Antonio este mediodía lluvioso, una vez más, acerca del almuerzo de los cuatro en este Asubio sin Matilda Turpin.



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