
La familiaridad de la cocina casera: la merluza rebozada, la ensalada de lechuga y tomate sin cebolla, el queso de postre, un poco de fruta, un buen rioja, el café que se servirá más adelante frente a la chimenea del cuarto de estar… Lo interesante -piensa Antonio- fue siempre el ritual democrático de estos almuerzos y de estas reuniones. En tiempos de Matilda cada cual bajaba a hacerse su desayuno, su bacon con huevos y tostadas. Se mantenían costumbres inglesas: los elevenses, hacia las once de la mañana, tanto en el piso de Madrid como en el Asubio y tanto si Matilda estaba como si no estaba. La organización de todos estos rituales caseros corrió siempre a cargo de Emilia, de acuerdo con un protocolo estricto, aunque muy sencillo, que Matilda había diseñado: las dos parejas tenían que turnarse para guisar y para servirse y para trasladar los platos del aparador a la mesa. Había una cocinera y una doncella en Madrid, pero Matilda prefería no verse rodeada de sirvientes. La idea que Matilda se hacía de la vida, tanto en sus años de vida en casa como después, era desenvuelta: el mínimo servicio indispensable: todo el mundo, incluidos los chiquillos cuando crecieran, tenían que ser capaces de hacer de todo. Las relaciones entre todos ellos eran amistosas, fáciles, claras. Desde los primeros tiempos (cuando llegaron Antonio y Emilia a la casa), la sensación de vida resuelta, clarificada, sensata, presidía todo lo que hacían. Los dos, Emilia y Antonio, aprendieron a la vez, asombrados, divertidos, entusiasmados muy pronto, aquel modo de vivir de la pareja mayor, tan desenredado, tan ultramoderno, tan poco convencional o conservador. Ser una rica heredera parecía limitarse, en el caso de Matilda, a tener a su disposición una gracia más, una habilidad más, una atadura menos. Llegado aquí, Antonio no puede evitar esta tarde la huella insidiosa de la melancolía. Esta tarde de sirimiri, esta tarde sin significación precisa, esta tarde nulificante. Matilda fue el alma de todo esto, el alma de todos nosotros… Han terminado la comida. Los tres hombres paladean su oporto. A través de los cristales contempla Antonio el presuroso cielo invernizo del Asubio. Y no sabe cómo leer la presente situación: sólo sabe deletrear la creciente melancolía de la tarde.