
Apenas han hablado durante la comida. Juan Campos suspira y se dispone a levantarse. Permanece sentado sin embargo, aún por un momento contemplando con una mirada entornada esta escena final del almuerzo en el Asubio que se incrusta en otros miles de almuerzos parecidos en presencia de Matilda. Las cosas son más fáciles ahora sin Matilda que con ella presente. Éste es ahora un pensamiento desolador. Pero Juan Campos no se enfrenta nunca cara a cara a la desolación, como si la desolación fuese un contorno, un margen difuso de la vida. Juan está a salvo de la desolación porque no la niega y por lo tanto tampoco la afirma. ¿Es entonces preferible esta Matilda ausente, muerta, deshaciéndose en la caediza memoria de todos los presentes, a una Matilda vigorosa, encantadora pero también fría, agresiva, poco atenta a los Pormenores de la vida que no le concernían directamente? Ha habido tensión en este almuerzo, pero no es por culpa de Matilda. Es sólo Fernandito que, quizá, ha venido sólo a pasar el fin de semana -sospecha ahora Juan sonriente – para perturbarme un poco. Emilia retira ahora los platos con ayuda de Antonio. Fernandito, sentado, bebe a sorbos su vaso de agua. Siempre se ha acogido al privilegio de ser el benjamín. Ahora Antonio, como si tratara de recapitular en una línea todo un episodio o toda una vida, piensa: esta casa se acabó con Matilda. Lo que queda ahora es la sombra, la cáscara de lo que fue. Pero se da cuenta Antonio de que decir esto es a la vez una falsedad, un absurdo: para bien o para mal, nosotros estamos aún aquí y nosotros Somos seres sustanciales. ¿Qué va a ser de nosotros ahora?
