
IV
– ¡Qué coche más guapo! -dice Emeterio. Es mediodía del domingo, ha dejado de llover, hace frío, el Porsche negro sobresalta un poco en el paisaje verde oscuro frente a la casa que, construida en dos planos, de cara al mar la parte principal, presenta en esa fachada un solo piso y parece una casita baja, ni siquiera muy grande. Está cubierta de hiedra durante el verano, y en invierno (o como ahora a finales de otoño) tiene el aspecto desolado de las casas recubiertas con enredadera de hoja caediza.
– ¡Bah, no está mal! -comenta Fernando Campos, que se estremece de frío en mangas de camisa. Emeterio lleva un buen plumas sin mangas y unas botas Panama Jack sin curtir. Es más o menos de la edad de Fernando, sólo que mucho más fuerte, hombros más anchos, y de pocas palabras. Fernando y él se conocen de toda la vida, jugaban juntos los veranos y las vacaciones de Navidad y de Semana Santa.
– ¡No está mal, dices! ¡Te habrá costado ocho kilos o más! ¿Cuánto te ha costado?
– Por ahí.
– Entre una cosa y otra, nueve millones en la calle, cincuenta y cuatro mil euros. Es un coche guapo.
– ¿Quieres que demos una vuelta? -pregunta Fernando seguro de que querrá. Se tomarán unas cervezas en Lobreña, harán cien kilómetros antes de comer, ida y vuelta. Fernando entra en busca de un jersey y regresa en seguida-. ¡Hala, vamos!, ¿quieres conducir?
– No, tío, no hace falta, mucho coche para mí.
Abandonan la finca a buena marcha. Fernando observa de reojo a su fornido acompañante. Es la única relación de la comarca que ha mantenido en estos años después de la muerte de su madre. Emeterio se hospeda en casa de Fernando cuando va a Madrid.
