Poco a poco, sin embargo, dejó de sonreír y de atender. Mientras el Opel le arrastra al Asubio, hacia su retiro de viudo, Juan recuerda que los negocios de Matilda acabaron cansándole… Y fue terrible la aparición de los primeros síntomas del cáncer, el diagnóstico inapelable, la no muy larga enfermedad y la muerte. La muerte de Matilda apagó el mundo. Y me dejó a mí, doliente y tranquilo. ¿Es esto último también un comentario irónico, una guasona reserva mental? Nuestro matrimonio -rumia ahora Campos- tuvo quizá un único defecto: la relativa desatención a los hijos. Los hijos. La imagen de sus tres hijos: Jacobo, Andrea y Fernando, el pequeño, desestabiliza ahora el cansancio sosegado de Juan Campos y le desasosiega. Los hijos -sobre todo Fernando- deberían ser su libro del desasosiego: ahí debería haber leído Juan Campos toda la inquietud y el desasosiego constante que jamás le inspiraron sus hijos o su esposa en vida de su esposa. ¿Y ahora, qué? Ahora el desasosiego y el sosiego se amamantan mutuamente en paz.

Antonio ha hecho sonar el claxon ante la verja de la casa de los guardeses: emerge Bonifacio Boni, intercambian unas palabras: Bienvenido, señor. Arranca el Opel, y por fin se detienen ante la puerta del Asubio. Emilia ha encendido las luces de la entrada. Y ahí resplandece con su jersey de cuello alto y su pantalón vaquero negro: ¡qué joven parece en la anochecida lluviosa, qué solitaria, qué oscura y profunda!

II

El placer de la velocidad. La embriaguez. El poderoso Porsche Boxster negro. La estimulante sensación de poder pasar del dicho al hecho de un brinco. Fernando ha decidido aparecer sin avisar en el Asubio y ya está en ello. Ya está casi ahí: No se retirará en paz mi padre.



4 из 386