Un fuerte tintineo sacó a Vitória de su breve letargo. A Miranda se le había caído un cuchillo y la miraba angustiada.

Esta vez Vitória no la regañó. Ya tenía bastante por hoy. Alguna vez se comportaría como se esperaba de ella. Sin decir una palabra, Vitória se puso de pie y salió de la habitación. ¡Ya estaba bien de holgazanear! No podía perder el tiempo si quería hacer todo lo que tenía previsto. Uno de los esclavos estaba muy enfermo. Cuando Félix llegara de Vassouras con el médico, iría con él a ver al joven negro. Podría ser, como ocurría a veces, que estuviera simulando estar enfermo para no tener que trabajar o para ser aislado del resto de los esclavos, lo que le facilitaría la huida. Además, Vitória debía investigar la queja del capataz, que acusaba al vigilante de robar los alimentos que se repartían entre los esclavos. Era una dura acusación. Si Vitória averiguaba que había algo de cierto en aquella historia, tendría que intervenir su padre. En el peor de los casos, habría que despedir a Seu Franco, cosa que no disgustaría demasiado a Vitória. Era insoportable. A continuación iría a ver a su yegua, encerrada en el establo a causa de una herida en la pezuña y que parecía echar de menos tanto como Vitória los paseos.

Tras su descanso de mediodía -al que no renunciaría en ningún caso, pues la velada prometía ser larga- tenía que resolver algunas cuestiones en su escritorio. Debía examinar diversas cuentas y listas de suministros, una tarea que su padre le había confiado cuando descubrió su notable capacidad para el cálculo. Además, tenía que encontrar un hueco para leer el periódico, en el que seguía con interés la evolución del café, que desde hacía poco tiempo cotizaba en la Bolsa de Río de Janeiro.

Pero lo primero de todo, antes de que el calor fuera insoportable, era salir a los campos de café. Vitória se puso un tosco delantal y un viejo sombrero de paja, tomó su cesta, un cuchillo y abandonó la casa.



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