
Vitória sacudió la cabeza. Todavía un tanto desconcertada ante el atrevimiento del hombre, entró en el comedor. Miranda frotaba un cuchillo de plata; era el segundo que limpiaba, ya que sobre la mesa se veía brillar un solo cuchillo, mientras que el resto de los cubiertos formaban un desordenado montón gris y sin brillo.
– Vete a la puerta de atrás y entérate de qué es lo que quiere de nosotros ese extraño tipo. En cualquier caso, échale de aquí. Me parece que no tiene muy buenas intenciones.
– Muy bien, sinhá. -Miranda dejó caer el cuchillo que estaba limpiando sobre la mesa de palisandro y salió a toda prisa.
Regresó enseguida.
– No había nadie, sinhá.
¡Qué misterioso! Bueno, en cualquier caso, Vitória no iba a seguir rompiéndose la cabeza por aquel hombre.
Miranda estaba ante su ama esperando su reacción.
– ¿Qué haces ahí con la boca abierta? Siéntate y sigue limpiando la plata. Y hazme el favor de no estropear la preciosa mesa de la abuela de dona Alma.
Miranda se sentó. Inmersa en sus pensamientos Vitória empujó también una silla y se sentó junto a la mesa. Por una rendija entre las cortinas entraba un único rayo de sol en el que flotaban diminutas partículas de polvo y que iluminaba la alfombra persa colocada ante el aparador. La mirada perdida de Vitória se alzó, deteniéndose en el cuadro colgado sobre el mueble. Alma y Eduardo da Silva en el salón de su fazenda recién construida, Boavista, anno 1862. Su madre con un vestido rosa con adornos de crinolina, de moda en aquel entonces; le parecía increíble que dona Alma hubiera sido alguna vez tan bella. Y su padre le dirigía desde el cuadro una dura mirada, posiblemente acorde a los gustos de la época y del pintor. En cualquier caso, Eduardo había sido un hombre realmente atractivo, y su rostro reflejaba orgullo e inteligencia a partes iguales.
