
Era una mujer joven de gustos sofisticados porque así la educaron, así la heredaron y así la refinaron. Pertenecía a una "vieja familia", pero cien años antes, su educación no habría sido demasiado diferente. "Ha cambiado el mundo, nosotros no", decía siempre su abuela quien seguía siendo la columna vertebral de la casa. Sólo que antes había más poder detrás de las buenas maneras. Había haciendas, tribunales de excepción y bendiciones de la Iglesia. También había crinolinas. Era más fácil disimular los defectos físicos que la moda moderna revelaba. Unos blue jeans acentúan las nalgas gruesas o las piernas flacas. "Nuestras mujeres tienen la condición del tordo", le oyó todavía decir a su abuelo (qepd): "Pata flaca, culo gordo."
Se imaginaba con crinolina y se sentía más libre que con pantalón vaquero. ¡Qué bonito saberse imaginada, escondida, cruzando las piernas sin que nadie lo notase, atreviéndose, incluso, a no usar nada debajo de la crinolina, recibir el aire fresco y libre en esas nalgas tan mentadas, en los intersticios mismos del pudor, sabiendo que los hombres tenían que imaginarla! Odiaba la moda top-less en las playas; era enemiga personal del bikini y sólo a regañadientes se ponía la minifalda.
Se ruborizó pensando todo esto cuando la azafata del Gruman se acercó a susurrarle el próximo arribo del avión particular al aeropuerto de Campazas. Ella trató de distinguir una ciudad en medio del desierto, las montañas calvas y el polvo inquieto. No vio nada. Su mirada le fue secuestrada por un espejismo: el río lejano y más allá las cúpulas de oro, las torres de vidrio, los cruces de las carreteras como grandes alamares de piedra… Pero eso era del otro lado de la frontera de cristal. Acá abajo, la guía de turismo tenía razón: no había nada.
La recibió don Leonardo, su padrino. Él la había invitado después de conocerla en la capital, hacía apenas seis meses.
– Date una vuelta por mi tierra. Te va a gustar, ahijada. Te mando mi avión privado.
