
A ella, para que es más que la verdad, le gustó su padrino. Era un hombre de cincuenta años de edad, veinticinco más que ella, robusto, patilludo, medio calvo, pero con un perfil perfecto, clásico, como de emperador romano, y la sonrisa y la mirada necesarias para acompañarlo. Sobre todo tenía los ojos de ensoñación que le decían: te he estado esperando mucho tiempo.
Michelina hubiese rechazado la perfección pura; no había conocido hombre guapérrimo que no la decepcionase. Se sentían más bonitos que ella. La hermosura les daba aires de tiranía insoportables. El padrino don Leonardo tenía ese perfil perfecto pero lo desmentían los cachetes, la calva, la edad misma… La sonrisa, en cambio, decía, no me tomes muy en serio, soy cachondo y vacilador; pero la mirada, otra vez, era de un apasionamiento irresistible, me enamoro en serio, le decía, sé pedirlo todo porque también sé darlo todo, ¿qué me dices?
– ¿Qué me dices Michelina?
– Ay padrino, que nos conocimos cuando yo nací, ¿cómo me dice que hace sólo seis me…?
La interrumpió:
– Es la tercera vez que te conozco ahijada. Cada vez me parece la primera. ¿Cuántas me faltan?
– Ojalá que muchas- dijo ella sin pensar que se iba a sonrojar, aunque nadie se lo iba a notar porque acababa de pasar diez días en Zihuatanejo y nadie podía distinguir si se ponía colorada o nada más estaba quemadita por el sol. Pero era una mujer que llenaba el espacio, dondequiera que estuviera. Coincidía con sus lugares, los hacía más bellos. Un coro de chiflidos machos la recibía en los lugares públicos, también en el pequeño aeropuerto de Campazas. Pero cuando los galancetes vieron con quién venía, se impuso un respetuoso silencio.
Don Leonardo Barroso era un hombre poderoso aquí en el norte, pero también en la capital. El padre de Michelina Laborde la ofreció como ahijada del entonces Ministro por los motivos más obvios. Protección, ambición, una minúscula parcela de poder.
