Tarjetas postales, anuncios de películas, cajetillas de cigarros, cajitas de cerillos, corcholatas de refrescos, revistas de monos, todo lo acumuló doña Zarina con un celo que desesperaba a sus hijos y aun a sus nietos, hasta que una compañía norteamericana de memorabilia le compró su edición completa de las revistas Hoy, Mañana y Siempre por cincuenta mil dólares (cifra redonda) y todos abrieron los ojos: en sus cajones, en sus armarios, la anciana lo que guardaba era una mina de oro, la plata del recuerdo, las joyas de la memoria… ¡Era la Zarina de la Nostalgia!, dijo el nieto más culto.

Se le nublaba la mirada a doña Zarina mirando afuera de la casa a la calle de Río Sena. Si se hubiera conservado la ciudad como ella conservó la muñeca de la Ratoncita Mimí… Pero de eso más valía ni hablar. Ella se quedó aquí y asistió a la muerte paradójica de una ciudad que mientras más crecía más disminuía, como si la ciudad de México fuese, ella misma, un pobre ser que nació, creció y, fatalmente, se murió… Volvió a clavar las narices en los tomos coleccionados de Chamaco Chico y no esperó que nadie escuchara, o entendiera, su lapidaria frase:

– Plus ça change, plus c'est la méme chose…

La familia se refugió en el Servicio Diplomático para ganarse la vida con decencia y mantener sus costumbres, su cultura y aun, ilusoriamente, sus blasones. En París, el padre de Michelina fue comisionado para acompañar al entonces joven diputado Leonardo Barroso y con cada copa de Borgoña, con cada comilona en el Grand Véfour, con cada excursión a los castillos del Loira, la gratitud de don Leonardo hacia el agregado diplomático de vieja familia fue creciendo hasta extenderse, primero a su esposa y en seguida a su hija recién nacida. No lo pidieron ellos; lo ofreció él mismo:



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