– ¡El poder!

Era risible. El propio padrino se los explicaba cuando estuvo en la capital hace seis meses. La salud de México ha consistido en que renueva sus élites periódicamente. Por las buenas o por las malas. Cuando las aristocracias nativas se eternizan, las sacamos a patadas. La inteligencia social y política del país consiste, más bien, en saber retirarse a tiempo y dejar abiertas las puertas a la renovación constante. Políticamente, la no reelección es nuestra gran válvula de escape. Aquí no puede haber Somozas ni Trujillos. Nadie es indispensable. Seis añitos y a su casa. ¿Robó mucho? Mejor. Es el pago social por saber retirarse y no volver a decir ni mú. Imagínense que Stalin hubiera durado nomás seis años y entregado pacíficamente el poder a Trotsky, éste a Kamenev, y éste a Bujarin, etcétera. Hoy sí que la URSS sería la primera potencia del mundo. En México, ni el rey de España les concedió títulos seguros a los criollos, ni la república autorizó aristocracias…

– Pero siempre ha habido diferencias -lo interrumpió la abuela Laborde, sentada frente a sus cajas de curiosidades-. Quiero decir, siempre ha habido gente decente. Me dan risa los que presumen de aristocracia porfirista, sólo porque duraron treinta años en el poder. ¡Treinta años no son nada! Cuando nuestra familia vio entrar a los partidarios de Porfirio Díaz a la capital después de la revolución de Tuxtepec, se horrorizaron: ¿quiénes eran estos greñudos oaxaqueños, acompañados de unos cuantos abarroteros españoles y alpargateros gabachos? ¡Porfirio Díaz! ¡Corcueras! ¡Limantours! ¡Puro arribista! Entonces la gente decente éramos lerdistas…

La abuelita de Michelina tiene ochenta y cuatro años y sigue tan campante. Lúcida, irreverente y fundada en el más excéntrico de los poderes. La familia perdió influencia después de la Revolución, y doña Zarina Ycaza de Laborde se refugió en la curiosa ocupación de coleccionar triques, chunches y sobre todo revistas. Cuanta muñeca (o muñeco) de moda apareció, tratárase de Mamerto el Charro o Chupamirto el Peladito, del Capitán Tiburón o Popeye el Marino, ella lo rescató del olvido, llenando todo un armario de esos popeyes rellenos de algodón, reparándolos, cosiéndolos cuando las entrañas se les salían.



4 из 227