
Derek era un genio de los ordenadores, pero tenía alma de vagabundo y prefería vivir en casa de sus amigos que echar raíces en la suya propia. Nick había pensado que el alquiler sería una ayuda para pagar la hipoteca.
Había ocurrido un año antes y seguían viviendo juntos. Se volvían loco el uno al otro, pero ninguno de los dos quería romper el trato. Eran como la noche y el día; uno, todo gravedad, el otro todo alegría y encanto. A ninguno le gustaba la forma de vivir del otro, pero habían entablado una estrecha amistad.
Esa mañana, Nick había salido de casa diez minutos más tarde de lo normal y se encontró en medio de un atasco. Eso le daba tiempo para pensar en la pesadilla que se le venía encima.
¡Katie Deakins! La chica que prácticamente había arruinado su vida.
Empezaba a recordarlo todo; Delford, la pequeña ciudad en la que había crecido. Le gustaba aquel lugar rodeado de bosques en el que seguían viviendo sus padres, a los que visitaba a menudo.
En uno de esos viajes había conocido a Isobel y se había quedado prendado de su belleza. Isobel era médico y acababa de conseguir plaza en el hospital de la ciudad. Su padre vivía en Australia y, desde la muerte de su madre, se había encargado de cuidar de su hermana pequeña, Katie.
Y quien hubiera elegido aquel nombre, no podía haberlo elegido mejor: Katie, la fierecilla domada.
Empezaba a recordar su aspecto; pequeña y angulosa, con el pelo muy largo cayendo sobre una cara de duende.
Aquella chica le odiaba a muerte. Al principio había pensado que no le gustaba compartir a su hermana con nadie, pero después descubrió que era un odio más personal.
A veces le daba dinero para que lo dejara a solas con Isobel y ella aceptaba. Pero aparecía de repente, retándolo a poner alguna objeción delante de su hermana. Una vez había preparado un viaje de fin de semana con Isobel, pero entonces la maldita Katie había empezado a tener un espantoso dolor de estómago y habían tenido que quedarse en casa. Nick no se había creído la enfermedad ni por un momento. Además, el dolor de estómago no le impedía subirse a los árboles.
