Todos los demás la encontraban divertidísima y encantadora. Y, seguramente, él habría pensado lo mismo si no hubieran estado siempre de uñas. Katie tenía la casa llena de animales abandonados, a los que cuidaba con mimo y, cada vez que veía un recién nacido se ponía loca de contento, de modo que no podía ser tan mala persona.

Pero con Nick sí lo era. Desde el primer momento lo había mirado con recelo y su mayor diversión era irritarlo y meterse con él.

Los recuerdos aparecían como en cascada. El día que había presentado Isobel a su hermano Brian… La forma en que se habían sonreído. Su corazón, que había dado un vuelco.

Y después, la tarde que la había encontrado en la cocina de su casa, vestida con un albornoz y Brian tras ella, descamisado y besándola en el cuello. La imagen contaba su propia historia. Cuando se habían percatado de su presencia, Isobel se había ruborizado.

– Lo siento, Nick -había dicho.

Brian no había dicho nada. Simplemente se había quedado allí parado, con una sonrisa en los labios.

¿Y Katie? ¿Dónde estaba justo en el momento en el podía haber hecho algo útil? No estaba en ninguna parte. Había desaparecido dejando el campo libre, como nunca había hecho para él.

A la odiosa Katie le gustaba Brian. De modo que no había intentado interponerse entre su hermana y sus posibles pretendientes. Sólo entre Isobel y él.

Por supuesto, Nick se había recuperado de la desilusión. Sólo en los melodramas un hombre sufre eternamente. En la vida real, Nick estuvo bailando el día de la boda y se convirtió en padrino de su primer hijo. Y, a medida que pasaba el tiempo, tenía que aceptar que no había sido traicionado. Brian e Isobel se habían enamorado a primera vista y no era culpa de nadie. Pero ella seguía viviendo en su corazón como una especie de ideal femenino con el que tenían que compararse el resto de las mujeres. Y siempre salían perdiendo.



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