En cuanto a mi padre, siendo yo muy niño, suponía un interrogante para mí. Luego cambié. Era imposible poner en duda el breve pero fecundo paso por la tierra del heroico doctor Hondero, muerto en aras de la profesión, allá por los años veinte, cuando la epidemia de la peste.

Por otro lado, si fuerzo mucho la imaginación, consigo evocar un bigote espeso que me cosquilleaba al besarme y unas manos rechonchas totalmente exclusivas: dos detalles inequívocos que no se acoplan a ningún otro personaje de mi infancia.

También recuerdo un aroma «suyo», una mezcla peculiar (entre ácida y dulzona) a cigarro, a gomina y a formol.

Los restantes recuerdos viriles vienen condicionados al tío Rodolfo.

No sé aún por qué lo llamaba «tío». Desde siempre tuve la certeza de que aquel hombre jamás había pertenecido a la familia.

Aseguraba que mi padre y él habían sido amigos desde la época escolar y que más tarde habían cursado juntos sus estudios en la Facultad de Medicina.

– Un hombre excepcional -decía el tío Rodolfo-. Uno de esos personajes que a lo largo de la vida se cuentan con los dedos de la mano.

Fueron los relatos del tío Rodolfo los que consiguieron darme una imagen viva de mi padre: mucho más viva que la que conseguía mi madre cuando se lanzaba a hablarme de su marido. Casi siempre se limitaba a enseñarme las fotografías de su época de estudiante. Allí estaba él junto al tío Rodolfo. Era un hombre delgado, de mirada soñadora y sonrisueña, que por mucho que pretendiese dar la sensación de vivir, llevaba clavada en su persona el estigma de la muerte. Más de una vez intenté sacar algún parecido entre aquel fotografiado-muerto y yo. Jamás lo conseguí. Naturalmente, había también una esquela. (Mi madre la había recortado del periódico para enseñármela algún día.) Su desconsolada viuda, doña Remedios Ruiz de la Argamasa y Borgoñán, hijo Carlos y la Institución Sanitaria Virgen de la Providencia ruegan una oración por el alma de ese gran héroe de la medicina, muerto en el duro cumplimiento de su deber.



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