(Años más tarde hubieran sustituido el «muerto» por la palabra «caído».) Las esquelas de entonces eran grandilocuentes, abarcaban un buen pedazo de periódico y resultaban tremendamente dramáticas y exclusivas, como si cada difunto que figuraba en ellas fuera efectivamente una personalidad. Todas esas cosas y alguna más (por ejemplo la desvaída fotografía de su boda y la partida de mi nacimiento) disipaban rápidamente las dudas sobre mi origen. Sin embargo, el apremiante deseo de tener un padre de carne y hueso, no un fantasma heroico, me hacían cavilar sobre la posibilidad de que mi auténtico progenitor fuera el tío Rodolfo.

Era duro saber a ciencia cierta que aquel a quien yo debía llamar padre, se hallaba enterrado, olvidado y convertido en una simple esquela cursilona, o en una fotografía amarillenta o en un relato trasnochado: «Vivía para su carrera: no pensaba en otra cosa.» Y al hablar de su marido en aquellos términos, mi madre adoptaba cierto aire de celos retrospectivos, como si el despecho de saberse segundona en la vida de aquel hombre fuera más importante que su admiración por él. El tío Rodolfo rubricaba: «Fue un golpe duro para tu pobre madre; muy duro. Ni siquiera la dejaron acercarse a él después de haber muerto.» Así iba enterándome yo de la historia de mi primera infancia: a empellones de fragmentos y comentarios sin excesiva continuidad: «Una mujer valiente, tu madre, ¿sabes, Carlitos?» Se refería a las estrecheces que, al parecer, tuvo ella que soportar cuándo mi padre dejó de existir: «En este país ya se sabe: mucha gloria momentánea, mucho bombo y platillo… Luego: ahí queda eso.» Y mi madre añadía: «Si al menos hubiera sido más precavido… Pero la verdad es que el pobre Carlos era un manirroto: nunca pensó que podría morirse y dejarnos en la miseria.»



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