La observé desde la ventana de mi cuarto mientras caminaba arriba y abajo frente a la puerta del garaje y movía los labios como si estuviera conjurando un silencioso encantamiento. De vez en cuando, se detenía y se colocaba el pelo por detrás de las orejas, como si estuviera escuchando algo, pero después sacudía la cabeza y continuaba paseándose. A la mañana siguiente, salí sigilosamente para mirar la cadena y el candado. Comprendí lo que había hecho: cerrar con la misma firmeza las puertas del garaje con la que nosotras tendríamos que habernos asido a mi padre, de haber sabido que permitirle conducir bajo la copiosa lluvia significaría dejarle marchar para siempre.


En los días posteriores al accidente, nuestro dolor se difuminó a causa del flujo constante de visitas de nuestros amigos rusos y chinos. Llegaban y se iban cada hora, andando o en rickshaws,

Luego celebramos el entierro. El sacerdote, de facciones surcadas y nudosas como un viejo árbol, trazó el signo de la cruz en el aire glacial antes de que clavaran la tapa del ataúd. Los rusos de anchas espaldas hundieron sus palas en el suelo y arrojaron paladas de tierra congelada dentro de la tumba. Trabajaron duro con las mandíbulas apretadas y los ojos bajos, con el sudor resbalándoles por el rostro, ya fuera para mostrar respeto por mi padre o para ganarse la admiración de la joven viuda. Mientras tanto, nuestros vecinos chinos se mantenían a respetuosa distancia en el exterior de las puertas del cementerio, comprensivos, pero recelosos de la costumbre que teníamos de enterrar a nuestros seres queridos abandonándoles así a la merced de los elementos.

Más tarde, los asistentes al funeral volvieron a reunirse en nuestro hogar, una casa de madera que mi padre había construido con sus propias manos después de huir de Rusia y de la Revolución. En el velatorio, nos sentamos a tomar pasteles de sémola y té servido con un samovar.



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