Originalmente, la casa era un chalé de tejado inclinado con las chimeneas sobresaliendo de los aleros, pero, después de casarse con mi madre, mi padre construyó seis habitaciones más y una segunda altura, que llenó de armarios lacados, sillas antiguas y tapices. Talló marcos ornamentales en las ventanas, levantó una gruesa chimenea y pintó las paredes de amarillo botón de oro, como el palacio de verano del zar. Los hombres como mi padre hacían de Harbin lo que era: una ciudad china llena de nobleza rusa expatriada. Gente que trataba de recrear el mundo que había perdido mediante esculturas de hielo y bailes de invierno.

Después de que nuestros invitados dijeran todo lo que se podía decir, seguí a mi madre hasta la puerta para verles marcharse. Mientras se ponían los abrigos y sombreros, me percaté de que mis patines de hielo estaban colgados en un perchero de la entrada principal. La cuchilla izquierda estaba suelta y me acordé de que mi padre había tratado de fijarla antes del invierno. La parálisis de los últimos días dio paso a un dolor tan agudo que me dañaba las costillas y me revolvía el estómago. Cerré los ojos con fuerza para luchar contra aquel dolor. Observé el cielo azul que se precipitaba sobre mí y un débil sol de invierno que relucía en el hielo. El recuerdo del año anterior volvió a mi mente. El río Songhua solidificado; el griterío alegre de los niños esforzándose por mantenerse de pie sobre sus patines; los jóvenes amantes deslizándose por parejas y los ancianos arrastrando los pies por el centro del río para buscar peces en las zonas donde la capa de hielo era más delgada.

Mi padre me subió a sus hombros; las cuchillas de sus patines arañaban la superficie por el peso añadido. El cielo se convirtió en un borrón aguamarina y blanco. La cabeza me daba vueltas de la risa.

– Bájame, papá -dije, sonriendo abiertamente a sus ojos azules-. Quiero mostrarte algo.



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