
Gene Wolfe
La Garra del Conciliador
I — La villa de Saltus
El rostro de Morwenna, hermoso y enmarcado de cabello negro como mi capa, flotaba al único rayo de luz; la sangre de su cuello goteaba sobre las piedras. Sus labios se movían mudos y en ese marco (como si fuera el Increado que mira por esa hendidura hacia la Eternidad para contemplar el Mundo del Tiempo) yo veía la granja, veía a su marido Stachys que se debatía agonizante en la cama, al pequeño Chad en el estanque, que se bañaba la cara enfebrecida.
En el exterior Eusebia, la acusadora de Morwenna, aullaba como una bruja. Traté de llegar a los barrotes para decirle que se callara, y en seguida me perdí en la oscuridad de la celda. Cuando al fin volví a ver luz, contemplé el verde camino que partía de la sombra de la Puerta de la Piedad. De la mejilla de Dorcas brotaba sangre, y a pesar de los llantos y gritos de tantos, yo la oía gotear sobre el suelo. La Muralla era de una estructura tan imponente que dividía el mundo como la sola línea entre sus cubiertas divide dos libros; ante nosotros ahora se alzaba un bosque que podía haber estado creciendo desde la fundación de Urth, con árboles tan altos como riscos, envueltos en un verde puro. Entre ellos discurre el camino, invadido de hierba fresca, sobre el que yacían los cuerpos de hombres y mujeres. El humo de un pequeño carruaje en llamas teñía el aire puro.
Montados en corceles, aparecieron cinco jinetes cuyos colmillos como garfios estaban incrustados de lapislázuli. Llevaban cascos y esclavinas de indantrena azul, y lanzas cuyas cabezas emitían una llama azul. El flujo de viajantes se rompía sobre esos jinetes como una ola sobre la roca, abriéndose unos a la izquierda, otros a la derecha.
