Dorcas me fue arrebatada de los brazos y desenvainé Terminus Est para abrirme paso a tajos entre quienes nos separaban y he aquí que estuve a punto de herir al maestro Malrubius que con mi perro Triskele a su lado permanecía tranquilo en medio del tumulto. Al verle así, supe que estaba soñando y por ello supe, aun cuando dormía, que las visiones que anteriormente había tenido de él no habían sido sueños.


Tiré de las mantas. Oí el sonido del carillón en la Torre de la Campana. Era hora de levantarse, de correr a la cocina mientras me ponía la ropa, de removerle un puchero al hermano Cocinero y de hurtar de la parrilla una longaniza abierta, picante y casi quemada. Era hora de lavarse, de servir a los oficiales, de canturrearme las lecciones antes de ser examinado por el maestro Palaemón.

Desperté en el dormitorio de los aprendices, pero todo estaba mal colocado. Donde tenía que estar la portilla redonda había una simple pared, y en el lugar del mamparo, una ventana cuadrada. Había desaparecido la fila de estrechos camastros y el bajísimo techo.

Entonces desperté. Por la ventana entraban flotando aromas campestres, muy parecidos a la agradable fragancia de flores y árboles que procedente de la necrópolis solía atravesar la arruinada cortina de la muralla, pero mezclado en esta ocasión con un cálido olor a establo. Volvió el repique de campanas desde algún campanario no muy lejano, llamando a los pocos que aún tenían fe para implorar la llegada del Sol Nuevo. Aunque todavía era muy temprano, el viejo sol acababa apenas de descorrer el velo de la cara de Urth, y sólo las campanas rompían el silencio de la villa.

Ya Jonas se había dado cuenta la noche anterior de que nuestro aguamanil contenía vino. Con un poco de él me enjuagué la boca; aunque su astringencia lo hacía más agradable que el agua, quería algo de ésta para mojarme la cara y arreglarme el cabello. Antes de dormir me había hecho una almohada enrollando mi capa y dejando la Garra en el centro. La volví a desenrollar y, recordando que ya Agia había tratado de meter la mano en el esquero, escondí la Garra en la parte alta de mi bota.



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