
Tomé Terminus Est, la desenfundé y dejé caer la vaina blanda.
—Los inocentes tienen enemigos. Ellos la temen.
Salimos juntos.
Cuando había entrado antes en la posada, tuve que abrirme paso a empujones entre la turba de bebedores. Ahora se apartaban para dejarme pasar. Yo iba con mi máscara y llevaba al hombro, desenvainada, Terminus Est. En el exterior, los sonidos de la feria se fueron silenciando a medida que avanzábamos hasta que no hubo más que un susurro, como si camináramos en medio de un desierto de hojas.
Las ejecuciones se llevarían a cabo en el centro mismo de las atracciones, donde ya se había congregado una densa multitud. Junto al cadalso se encontraba un pope vestido de rojo con un pequeño formulario en la mano. Era un hombre de edad, como la mayoría de ellos. Junto a él esperaban los dos prisioneros rodeados por los hombres que se habían llevado a Barnoch. El alcalde vestía la túnica oficial de color amarillo y llevaba una cadena de oro.
Es costumbre antigua que no utilicemos los peldaños (pero en el patio ante la Torre de la Campana he visto al maestro Gurloes ayudarse de la espada para saltar al cadalso). Aunque es muy posible que entre los presentes yo fuera el único que conocía esa tradición, no quise romperla entonces, y un gran rugido, como la voz de una bestia, se elevó de la multitud cuando subí de un salto, la capa ondeando en torno a mí.
—Increado —leyó el pope—, sabemos que quienes aquí perecerán no son a tus ojos peores que nosotros. Tienen las manos manchadas de sangre. Nosotros también.
Examiné el tajo. Los que se utilizan sin pasar por la supervisión personal del gremio son notoriamente malos: «Anchos como una banqueta, espesos como un tonto, y cóncavos, es la receta». Éste cumplía a maravilla las dos primeras condiciones del proverbio; pero por merced de la Sacra Katharine era ligeramente convexo, y aunque parecía seguro que la madera, dura hasta la idiotez, embotaría el filo masculino de mi espada, yo tenía la fortuna de tener ante mí un sujeto de cada sexo, de modo que podría utilizar un filo en condiciones con cada uno.
