Jonas estaba sacando Terminus Est cuando entré en la habitación. Me eché una copa de vino.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó.

—¿Y tú? Después de todo, es tu primera vez.

Se encogió de hombros.

—Lo mío es sólo traer y llevar cosas. ¿Ya lo has hecho antes? Me extrañó por lo joven que pareces.

—Sí, lo he hecho antes, pero nunca a una mujer.

—¿Crees que es inocente?

Me estaba quitando la camisa; cuando tuve los brazos libres me sequé la cara con ella y sacudí la cabeza.

—Estoy seguro de que no. Bajé a hablar con ella anoche. La tienen encadenada al borde del agua, donde las moscas son tan malignas. Ya te lo conté.

Jonas se volvió hacia el vino, y su mano metálica sonó al llegar a la copa.

—Me dijiste que era bella y que su pelo era negro como…

—…como el de Thecla. Pero Morwenna lo tiene lacio y el de Thecla era rizado.

—Como el de Thecla, a quien pareces haber querido como yo quiero a tu amiga Jolenta. Te confieso que tuviste mucho más tiempo de enamorarte que yo. Y me dijiste que su marido y el niño habían muerto de alguna enfermedad, debida quizás al agua en mal estado. El marido era bastante mayor que ella.

Dije: —Creo que de tu edad.

—Y había una mujer mayor que también lo había querido, y ahora estaba atormentando a la prisionera.

—Sólo con palabras. —En el gremio, sólo los aprendices llevan camisa. Me puse los pantalones y después la capa (que era de color fulígino, más oscuro que el negro) alrededor de los hombros desnudos.— A los clientes que, como ella han sido expuestos por la autoridad comúnmente se los lapida. Cuando los vemos están magullados y es frecuente que hayan perdido unos dientes. A veces tienen huesos rotos. Las mujeres han sido violadas.

—Dices que es hermosa. Quizá la gente piense que es inocente. Quizá se apiaden de ella.



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