
– Oh, signorina, debe estar tan cansada. – la Signora Sincini inmediatamente enroscó un brazo alrededor de la cintura de Isabella. – Permítame ayudarla. Puedo llamar a un criado para que la lleve si es necesario.
Isabella sacudió la cabeza rápidamente. Temblaba de frío y debilidad por el hambre y el terrible viaje, pero la verdad era que había sido la inquietante sensación de una presencia maligna observándola la que la había llenado de miedo, lo que en realidad causaba que le temblaran las piernas y se colapsaran bajo ella. La sensación era fuerte. Cuidadosamente miró alrededor, intentando mostrarse serena cuando todo lo que deseaba hacer era correr.
Sin advertencia, desde algún lugar cercano, un rugido llenó el silencio. Fue respondido por un segundo, después un tercero. El horrento ruido surgió de todas direcciones, cerca y lejos. Durante un terrible momento el sonido se entremezcló y las rodeó, sacudiendo el mismo suelo bajo sus pies. Los rugidos reverberaron atravesando el palazzo, llenando los espacios abovedados y cada distante esquina. Una extraña serie de gruñidos los siguieron. Isabella, de pie con la Signora Sincini, sintió que la anciana se tensaba. Casí podía oir el corazón de la criada aporreando ruidosamente a tono con el suyo propio.
– Vamos, signorina, debemos ir a su habitación. – La criada puso una mano temblorosa sobre el brazo de Isabella para guiarla.
– ¿Qué fue eso? – Los ojos oscuros de Isabella buscaron la cara de la mujer mayor. Vio miedo allí, un temor que se dejaba traslucir por la boca temblorosa de la mujer.
La mujer intentó encogerse de hombros casualmente.
– El Amo tiene animales de compañía. No debe salir de su habitación de noche. La encerraré por su propia seguridad.
