Isabella pudo sentir que el miedo manaba en su interior, agudo y fuerte, pero se obligó a respirar a través de él. Era una Vernaducci. No cedería al pánico. No huiría. Había venido aquí con un propósito, arriesgándolo todo para llegar hasta aquí, para ver al esquivo don. Y había logrado aquello en lo que todos los demás habían fracasado. Uno a uno los hombres a los que había enviado habían vuelto para decirle que les había sido imposible continuar.

Otros había vuelto bocabajo sobre la grupa de un caballo, con horrorosas heridas como las que un animal salvaje hubiera infringido. Otros ni siquiera habían vuelto. Una y otra vez sus preguntas habían tropezado con silenciosas sacudidas de cabeza y signos de la cruz. Había perseverado porque no tenían otra elección. Ahora había encontrado la guarida, y había entrado. No podía irse ahora, no podía permitir que el miedo la derrotara en el último momento. Tenía que tener éxito. No podía fallarle a su hermano, su vida estaba en juego.

– Debo hablar con él esta noche. El tiempo apremia. Me llevó más de lo que esperaba alcanzar este lugar. Realmente, debo verle, y si no me marcho pronto, el paso estará cerrado, y no seré capaz de salir. Tengo que marcharme inmediatamente. – Isabella lo explicó con su voz más autoritaria.

– Signorina, debe entenderlo. Ahora no es seguro. La oscuridad ha caído. Nada es seguro fuera de estos muros.

La expresión de compasión en los ojos descoloridos de la mujer sólo incrementó el terror de Isabella.

La criada sabía cosas que no decía y obviamente temía por la seguridad de Isabella.

– No se puede hacer nada excepto ponerla cómoda. Está temblando de frío. El fuego está encendido en su habitación, un baño de agua caliente ha sido preparado, y la cocinera está enviándole comida. El Amo quiere que esté cómoda. – Su voz era muy persuasiva.

– ¿Mi caballo estará a salvo? – Sin el animal, Isabella no tenía esperanzas de cubrir las muchas millas que había entre el palazzo y la civilización.



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