Esos rugidos que había oído podían haber sido leones. Nunca había visto un león, pero estaba segura de que había oído a las legendarias bestias que tenían la reputación de haber desgarrado a incontables cristianos en pedazos para entretenimiento de los romanos. ¿Adoraba la gente de este lugar a la terrible bestia? ¿El diablo? Las cosas que susurraban sobre este hombre. Subrepticiamente hizo el signo de la cruz para protegerse del mal que emanaba de las mismas paredes.

Sarina se detuvo junto a una puerta y la empujó para abrirla, retrocediendo para ceder el paso a Isabella. Recorriendo con la mirada a la criada casi para tranquilizarse, cruzó el umbral entrando en el dormitorio. La habitación era grande, el fuego rugía con la calidez de llamas rojas y naranjas. Estaba tan cansada y exhausta que lo más que ofreció fue un murmullo de apreciación por la belleza de la larga fila de vidrieras y los muebles labrados. Incluso la enorme cama y la gruesa colcha sólo penetró hasta el borde de su consciencia. Había agotado la última onza de coraje y fuerza para llegar a este lugar, para ver al evasivo Don Nicolai DeMarco.

– ¿Está segura de que no me verá esta noche? – Preguntó Isabella. – Por favor, si sólo le hiciera conocer la urgencia de mi visita, estoy segura de que cambiaría de opinión. ¿Lo intentaría? – Se quitó los guantes de piel y los tiró sobre el ornamentado vestidor.

– Precisamente por su llegada a este lugar prohibido, el Amo sabe que su búsqueda es de gran importancia para usted. Debe entenderlo, para él no tiene importancia. Tiene sus propios problemas con los que tratar. – La voz de Sarina era gentil, incluso amable. Empezó a salir del dormitorio pero se volvió. Miró a su alrededor a la habitación, fuera hacia el vestíbulo, y después de vuelta a Isabella.

– Es usted muy joven. ¿Nadie la ha advertido acerca de este lugar? ¿No le dijeron que permaneciera lejos? – Su voz sostenía un tono de regaño, gentil pero una reprimenda al mismo tiempo. – ¿Dónde están sus padres, piccola?



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