Los rugidos que había oído no habían sido de lobos, pero lo que fuera que había producido el ruido sonaba atroz, hambriento e indudablemente tenía dientes muy afilados. El hermano de Isabella le había regalado la yegua en su décimo cumpleaños. La idea de que el caballo fuera comido por bestias salvajes era horrenda. – Debería comprobarlo.

Sarina sacudió la cabeza.

– No, signorina, debe quedarse en la habitación. Si el Amo dice que debe hacerlo, no puede desobedecer. Es por su propia seguridad. – Esta vez había una clara nota de suavidad en su voz. – Betto cuidará de su caballo.

Isabella alzó la barbilla desafiante, pero presintió que el silencio le serviría mejor que las palabras airadas. Amo. Ella no tenía ningún amo, y no tenía intención de tenerlo nunca. La idea era casi tan aborrecible como la lóbrega sensación que envolvía el palazzo. Enterrándose más en su capa, siguió a la mujer a través de un laberinto de amplios vestíbulos y subiendo una sinuosa escalera de mármol, donde una multitud de retratos la miraron. Podía sentir el extraño peso de sus ojos observándola, siguiendo su progreso mientras se abría paso a través de los recodos y vueltas de palazzo. La estructura era hermosa, más que cualquier otra que hubiera visto nunca, pero era un tipo de belleza que la dejaba fría.

Donde quiera que mirara veía estatuas de enormes felinos con melenas, dientes afilados y ojos feroces. Grandes bestias de pelo enmarañado alrededor de los cuellos y a lo largo del lomo. Alguna tenía enormes alas extendidas para lazarse hacia ellas desde el cielo. Pequeños iconos y enormes esculturas de criaturas estaban esparcidas por las salas. En un nicho en una de las paredes había un santuario con docena de velas ardiendo ante un león de aspecto feroz.

Una idea repentina la hizo estremecer.



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