
Isabella se inclinó hacia delante, suspirando suavemente, apaciguadoramente al oído de su montura. Su yegua estaba acostumbrada a ella, confiaba en ella, y aunque su enorme cuerpo temblaba, el animal hacía un valiente esfuerzo por continuar. Trozos de hielo golpeaba a ambos, caballo y jinete, como abejas enfurecidas picando la carne fresca. El caballo se estremeció y bailoteó pero siguió estóicamente hacia adelante.
Había sido advertida repetidamente del peligro, de la salvaje bestia que vagaba libremente por los Alpes, pero no tenía elección. En alguna parte delante de ella estaba el único hombre que podría salvar a su hermano. Lo había sacrificado todo para llegar hasta allí, y no se volvería atrás ahora. Había vendido todo lo que tenía de valor para encontrar a este hombre, había dado todo el dinero que le quedaba al guía, y había pasado los dos últimos días sin comer o beber. Nada importaba más que encontrar al don. No tenía ningún otro sitio a donde ir; tenía que encontrarlo y hacer lo que fuera para conseguir una audiencia con él, no importaba lo evasivo que fuera, no importaba lo peligroso y poderoso que fuera.
La propia gente del don, tan leal que se habían negado a ayudarla, le había advertido que permaneciera alejada. Sus tierras eran enormes, sus propiedades vastas. En pueblos y ciudades murmuraban sobre él, el hombre en el que buscaban protección, al que temían por encima de cualquier otro. Su reputación era legendaria. Y letal. Se decía que era intocable. Los ejércitos que habían intentado marchar sobre sus propiedades habían sido sepultados por la nieve o los deslizamientos de rocas. Sus enemigos perecían de muertes rápidas y brutales. Isabella había persistido apesar de todas las advertencias, todos los accidentes, el tiempo, cada obstáculo. No se volvería atrás sin importar las voces que ululaban hacia ella en el viento, no importaba lo helada que fuera la tormenta. Le vería.
